Todo se veía en blanco y negro, la luz de la luna opacaba todos los colores. Caminé lentamente a través de la arena tibia, haciendo una pausa en el árbol torcido donde él había dejado sus ropas. Coloqué mi mano sobre el rugoso tronco y chequé que mi respiración estuviera tranquila. O lo suficientemente tranquila.
Miré hacia las pequeñas ondas del agua, oscuras en la noche, buscando por él.
No fue difícil de encontrar. Ahí estaba parado, con su espalda hacia mí, la cintura dentro del agua, viendo hacia la luna. La pálida luz de la luna hacia ver su piel de un blanco perfecto, como la arena, como la misma luna, e hizo su cabello mojado tan negro como el océano. Ahí estaba, sin moverse, con la palma de sus manos reposando sobre el agua; las pequeñas ondas golpeaban contra él como si fuera de piedra. Miré hacia las pequeñas líneas de espalda, sus hombros, sus brazos, su cuello, su perfecta figura.
El fuego no quemaba ya sobre mi piel – estaba calmada y enterrada ahora; se llevó de mi la incomodidad y la incertidumbre. Me despojé de la toalla sin duda alguna, dejándola sobre el árbol junto a sus ropas, y caminé hace la blanca luz; también me hacía parecer tan pálida como la nieve.
No podía escuchar el sonido de mis pasos cuando caminé hacia la orilla del agua, pero supuse que él podía. Edward no dio la vuelta. Dejé que el agua tocara mis pies, y me di cuenta que él tenía razón – estaba muy caliente, tan caliente como un baño. Me interné en el agua, caminé cuidadosamente a través del piso invisible del oceáno, pero mi precaución no era necesaria; la arena seguía siendo tan suave y fina, me dirigí hacia Edward. Caminé contra corriente hasta estar a su lado, y coloqué mi mano en la suya que descansaba sobre el agua.
“Hermosa” le dije, mirando también hacia la luna.
“Todo está bien” me contestó, sin impresionarse. Volteó lentamente para encontrar mi mirada; pequeñas olas se formaban con sus movimientos y chocaban contra mi piel. Sus ojos parecían color plata en su cara como hielo. Dobló su mano de forma que atrapó la mía y la hundió bajo la superficie del agua. Era lo suficientemente cálida como para que su piel fría no me estremeciera.
“Pero yo no usaría la palabra hermosa” continuó. “No comparándola contigo”
Sonreí, y levanté mi mano libre – no temblaba – y la coloqué sobre su corazón. Blanco sobre Blanco; coincidíamos por primera vez. El se estremeció un poco con el contacto cálido. Su respiración se volvió difícil.
“Te prometí que lo intentaríamos”, susurró, tenso de repente. “Si… si hago algo malo, si te lastimo, me debes decir inmediatamente”
Afirmé solemnemente, manteniendo mis ojos en los suyos. Tomé otro paso a través de las olas y recosté mi cabeza contra su pecho.
“No tengas miedo” murmuré. “Nos pertenecemos”
Fui repentinamente abrumada por la verdad de mis propias palabras. Este momento era tan perfecto, tan correcto, no había duda de ello.
Sus brazos me envolvieron, reteniéndome contra él, verano e invierno. Sentía como cada nervio de mi cuerpo era un cable vivo.
“Para siempre” coincidió, y entonces nos hundimos gentilmente en la profundidad del agua.
Miré hacia las pequeñas ondas del agua, oscuras en la noche, buscando por él.
No fue difícil de encontrar. Ahí estaba parado, con su espalda hacia mí, la cintura dentro del agua, viendo hacia la luna. La pálida luz de la luna hacia ver su piel de un blanco perfecto, como la arena, como la misma luna, e hizo su cabello mojado tan negro como el océano. Ahí estaba, sin moverse, con la palma de sus manos reposando sobre el agua; las pequeñas ondas golpeaban contra él como si fuera de piedra. Miré hacia las pequeñas líneas de espalda, sus hombros, sus brazos, su cuello, su perfecta figura.
El fuego no quemaba ya sobre mi piel – estaba calmada y enterrada ahora; se llevó de mi la incomodidad y la incertidumbre. Me despojé de la toalla sin duda alguna, dejándola sobre el árbol junto a sus ropas, y caminé hace la blanca luz; también me hacía parecer tan pálida como la nieve.
No podía escuchar el sonido de mis pasos cuando caminé hacia la orilla del agua, pero supuse que él podía. Edward no dio la vuelta. Dejé que el agua tocara mis pies, y me di cuenta que él tenía razón – estaba muy caliente, tan caliente como un baño. Me interné en el agua, caminé cuidadosamente a través del piso invisible del oceáno, pero mi precaución no era necesaria; la arena seguía siendo tan suave y fina, me dirigí hacia Edward. Caminé contra corriente hasta estar a su lado, y coloqué mi mano en la suya que descansaba sobre el agua.
“Hermosa” le dije, mirando también hacia la luna.
“Todo está bien” me contestó, sin impresionarse. Volteó lentamente para encontrar mi mirada; pequeñas olas se formaban con sus movimientos y chocaban contra mi piel. Sus ojos parecían color plata en su cara como hielo. Dobló su mano de forma que atrapó la mía y la hundió bajo la superficie del agua. Era lo suficientemente cálida como para que su piel fría no me estremeciera.
“Pero yo no usaría la palabra hermosa” continuó. “No comparándola contigo”
Sonreí, y levanté mi mano libre – no temblaba – y la coloqué sobre su corazón. Blanco sobre Blanco; coincidíamos por primera vez. El se estremeció un poco con el contacto cálido. Su respiración se volvió difícil.
“Te prometí que lo intentaríamos”, susurró, tenso de repente. “Si… si hago algo malo, si te lastimo, me debes decir inmediatamente”
Afirmé solemnemente, manteniendo mis ojos en los suyos. Tomé otro paso a través de las olas y recosté mi cabeza contra su pecho.
“No tengas miedo” murmuré. “Nos pertenecemos”
Fui repentinamente abrumada por la verdad de mis propias palabras. Este momento era tan perfecto, tan correcto, no había duda de ello.
Sus brazos me envolvieron, reteniéndome contra él, verano e invierno. Sentía como cada nervio de mi cuerpo era un cable vivo.
“Para siempre” coincidió, y entonces nos hundimos gentilmente en la profundidad del agua.

































